Sentada en el mismo lugar que hace dos años y medio atrás, alejada de la ventana que me alegraba la vida y respirando el vaho que sale de la cocina, que tengo solo a pocos metros, necesito un cambio. Los cambios te alegran la vida, o al menos la despiertan, la reviven.
Últimamente me da más miedo cambiar de corte de pelo que de profesión. Ya no importa si estudie siete años de mi vida y me dedico a ser maestra repostera, astrologa o simplemente una hippie perdida por el mundo. Pero si importa llegar con el pelo largo a Agosto del año que viene o decidir hacerme flequillo o no. Pocas cosas me ponen de mejor humor que tener algo nuevo, y no hablo de simplemente algo material (aunque claramente me hacen feliz las cosas nuevas y lindas). Un sacudón que le dicen… un cambio de aire, de rumbo, de casa, de gimnasio, de trabajo. De lo que venga.
El pulpo verde de peluche que tengo enfrente, aquel que me dieron porque da buena suerte, me mira, se me caga de risa en la cara. Parece que los pulpos y yo no nos llevamos demasiado bien. O capaz será con los animales en general porque mi gato nuevo ya me mira con recelo y me muerde cada vez que aparezco.
Y hablando de llegar. Hace poco llegue de viaje. Y a pesar de gustarme tanto los cambios, el cambio de clima me termino enfermando, pero no me importo. Estaba haciendo algo nuevo que hizo que la temperatura de mi cuerpo pasara a un segundo plano para caminar por el Malecón respirando un aire totalmente distinto. Cada rincón, por cerca o lejos que conozco me da ganas de un poco más. Y de eso se trata, de cada vez hacer más eso que nos gusta y empezar a dejar de lado las cosas negativas que nos hacen mal. Cosas/personas/lugares. Ayer me compre un cd nuevo. Y a comparación de otras veces, me gustaron todas las canciones.
Entonces tengo: Algo nuevo (el cd), Algo usado (con 25 años y aunque duela… el cuerpo) y algo azul (la sangre)… Todo listo.
Cecilia Matas
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